El Elvis alemán



Era de noche y comenzaba a hacer algo de frío. Yo estaba sacando mi abrigo muy cerca de la frontera francesa al suroeste de Alemania, disfrutando de mis últimos días de vacaciones. Caminaba por las extravagantes calles de Baden Baden, una ciudad que hoy posee un escalofriante parecido a Disneylandia pero que no deja de ser una ciudad con aire de leyendas dado su cercanía con la Selva Negra (Schwarzwald).

Había decidido, como dice un amigo, mezclarme con los autóctonos. Así es como al cabo de una hora me encontraba con una cerveza en una mano y un típico Rote Wurst* de la región en la otra. Tan solo el ruido del arroyo que atraviesa la ciudad quebraba la tranquilidad de la noche. Bueno, el ruido del arroyo y el ruido de mis maxilares triturando eficazmente el Wurst.

Estaba decidido a buscar algo distinto para esta última velada. Algo en lo posible extremadamente auténtico. Una imagen que resumiera la sensación de estar en la ciudad elegida por el señor Dostoievski, aunque bien sabemos que nuestro escritor había elegido a Baden Baden por su Casino más que por su belleza neobarroca.
Cansado de caminar me senté en un banco y al cabo de unos instantes comencé a escuchar algo. Un murmullo lejano caminaba a la par del arroyo con un ritmo inconfundible: Rock & Roll. Comencé a seguir el camino de aquella copiosa melodía y al doblar una esquina me topé con un espectáculo difícil de describir.

Una horda de sexagenarios con cervezas y Wurst en sus manos sacudían sus brazos al cielo mientras bailaban y cantaban al ritmo de una banda de rock en vivo. Mi mente recién pudo salir del asombro al cabo de unos minutos ante aquella hermosura bizarra. Me acerque y busque una buena ubicación para poder observar de cerca a la banda local ya que ya poseía dos requisitos indispensables para unirme: mi cerveza y mi Wurst.
Con mucho cuidado de no derramar mi bebida y por supuesto, de no manchar con mostaza a ningún autóctono fui pidiendo permiso en un pobrísimo alemán hasta alcanzar una posición desde donde observar el escenario.

Entre luces brillantes y decorados con lentejuelas deslumbraba al público un personaje singular, con club de fans incluido, vestuario extravagante y un asombroso parentesco con el señor Elvis Presley. La teoría del Elvis vivo y habitando placidamente en Baden Baden duro en mi cabeza diez segundos. Mientras tanto el público continuaba absorto revoloteando los pocos pelos que le quedaban al ritmo del Elvis alemán.

Debo confesar que disfrute mucho del show del Rey alemán aunque también debo decir que sobre el final he manchado a alguien con mostaza (aunque no se diera cuenta) y que me aleje del show un ratito antes que finalizara. Es que para serles sincero ya extrañaba la tranquilidad de Disneylandia y el silencio de su armonioso arroyo.




Eric Prinzinger





* Salchicha



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